Hace una semana escribí acerca de los espacios abiertos, y de cómo algunos de mis ex-colegas no comprendían que yo defendiese el uso de despachos individuales para todo el mundo. Pocos días después tuve una charla interesante con un conocido acerca de este tema, y recurrí a una analogía que, a riesgo de resultar un poco paternalista, creo que funciona bien.
Recuerdo cuando, en los años 80, en España comenzó a funciona la ley del divorcio. Yo era muy joven, pero aún así recuerdo cómo los que apoyábamos dicha ley tuvimos que explicar a los carcas y reaccionarios que no la apoyaban que la existencia de una ley del divorcio simplemente iba a permitir divorciarse a quien lo desease. No iba a obligar a nadie a hacerlo. Al mismo tiempo, permite seguir casado a quien lo desee, y no seguir casado a quien no lo desee.
Del mismo modo, tener despachos individuales permite colaborar a quien lo desee, y permite trabajar de forma individual a quien así lo quiera. No obliga a nadie, si no que da la libertad de escoger. Esa libertad no existe en un entorno abierto.
Creo que ese es el punto clave de mi argumento: en un entorno abierto no hay libertad para escoger. En un entorno cerrado (con despachos y salas comunes), sí.
20 Agosto 2008 a las 0:03 |
Cierto! Nunca he trabajado en un espacio cerrado, individual. Pero según mi conocimiento de la productividad propia creo que soy mucho más productivo en un despacho solo que en un espacio abierto. Yo abogo también por esa “libertad” de escoger!
Saludos Roger!