Alguna vez he mencionado la idea de que un buen jefe trabaja para sus empleados, y no al revés. Normalmente asumimos que, en una estructura jerárquica convencional (pensemos en una organización taylorista), los obreros trabajan para los patrones, y éstos para sus jefes, y así hasta llegar a la cúspide; en otras palabras, la corporación trabaja para servir al jerarca máximo.
Este modelo quizá sea óptimo en cuanto al producto que se podría extraer de cada individuo si éstos fuesen piezas mecánicas de una gran maquinaria, como el taylorismo asume. Sin embargo, no lo son. No lo somos. Los individuos tenemos la mala constumbre de poseer sentimientos, ser volátiles, tener días buenos y días malos, ser diferentes unos de otros, ser extremadamente diferentes unos de otros, ponernos enfermos, abandonar el trabajo. Y, así, no hay quien juegue con las reglas tayloristas.
Con este panorama, propongo invertir la dirección del servicio. Asumamos, por un momento, que son los jefes los que trabajan para sus empleados, e intentemos comprobar si esto tiene sentido o no.
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