Apagando las luces

Trabajo en un edificio antiguo, en el caso viejo de Santiago de Compostela. Es un edificio bonito, restaurado hace unos años, y acondicionado como centro de trabajo de varios organismos oficiales y de investigación. Desafortunadamente, el arquitecto que hizo la reforma, o las personas que lo asesoraron, pensaron más en dejar las cosas bonitas que funcionales, y el resultado es que trabajar aquí es bastante incómodo. En otro momento explicaré por qué este edificio falla por todas partes como espacio de trabajo. Pero hoy quiero centrarme en algo mucho más concreto.

Mi despacho no tiene un interruptor de la luz. Hay un tubo fluorescente en el techo, sí. Pero no hay interruptor para encenderlo o apagarlo. El interruptor que enciende y apaga mi luz está en el pasillo, junto a la puerta de acceso al mismo. Claro, en este pasillo hay más despachos que el mío, y todos se encuentran en la misma situación: sus interruptores de la luz se encuentran en un panel, junto a la puerta de entrada al pasillo, en vez de estar cada uno en su despacho correspondiente.

El primer día, cuando llegué a mi despacho, tardé un poco en encontrar el interruptor de la luz. Cuando vi el panel con varios interruptores al lado de la puerta del pasillo, me imaginé que uno podría ser el que encendería mi luz. Como no sabía cual, tuve que probar con varios hasta que acerté. Como consecuencia de mis pruebas, apagué momentáneamente las luces de los despachos de un par de compañeros mientras ellos estaban dentro, trabajando. Lo sé porque los oí quejarse. “¡¡Luces!!”

Inocente de mí. Unos días más tarde, estaba yo trabajando en mi despacho, concentrado en algo, cuando, de pronto, oigo unos pasos en el pasillo, como de alguien que se va, y de pronto, ¡zas!, se apagan mis luces. “Ha intentado apagar sus luces y se ha equivocado de interruptor”, pensé. Me fastidió perder la concentración, pero me levanté, salí del despacho, me encontré con la persona que salía, y le dije, sonriendo, “creo que te has equivocado de interruptor; has apagado las luces de mi despacho”.

“Ah, no”, me dijo. “No me equivoqué. Apagué todas las luces porque creí que no quedaba nadie, a estas horas. Siempre lo hago cuando me voy.”

Tardé en reaccionar. Su respuesta fue tan estúpida que tardé, por lo menos, diez segundos en decir algo. Las preguntas se agolparon en mi cabeza. ¿Por qué asumes que no queda nadie? ¿Por qué apagas mi luz, interrumpiendo mi trabajo, haciéndome perder el tiempo, para venir aquí y tener que encenderla y tener esta conversación surrealista contigo?

Al final conseguí decirle “pues quedo yo”, y encendí mi luz de nuevo. Quizá no fui muy expresivo, pero no se me ocurrió nada mejor ante semejante despropósito.

Comentando el tema con un amigo, unos días después, me vi en la necesidad de explicar razonadamente qué hay de malo en la actitud de esta persona apaga-luces. En resumen, lo que me molestó de su actitud fue que me interrumpiese. Yo estaba trabajando, concentrado, y de pronto me apagaron la luz. Eso no es justo. No sólo eso: cuando hablo con la persona apaga-luces, me confiesa que siempre hace lo mismo cuando se va. O sea, que me veo siendo interrumpido a diario. Y no me gusta.

Y yo razono: ¿por qué no puede esta persona asumir que cada uno es responsable de su luz? Si la luz de mi despacho está encendida (cosa que se puede apreciar por la rendija iluminada que se ve por debajo de la puerta), lo más lógico es pensar que hay alguien trabajando dentro, y no que no hay nadie. Cierto, es posible que algún día uno se vaya olvidándose la luz encendida, pero esto no es lo habitual. Lo más frecuente es que apagues la luz cuando te vas. Sin embargo, esta persona apaga-luces asume: luz => olvido, y se erige en ahorrador de energía institucional, sin tener en cuenta las molestias que puede acarrear (y, de hecho, acarrea).

Tras mi encuentro con esta persona, su actitud ha cambiado. Ahora, cada vez que se marcha, y antes de apagar todas las luces, vocifera “¿queda alguien?”, y a continuación apaga las luces si no recibe respuesta vehemente en unos pocos segundos. Tiene la difícil tarea de determinar, a partir de los gruñidos de respuesta que recibe por parte de los que estamos trabajando, qué interruptores ha de pulsar y cuáles no; habitualmente no acierta a la primera, y se produce una ridícula situación como esta.

Persona apaga-luces: ¡¿Queda alguien?!

Concentrado 1: ¡Yo!

Concentrado 2: Umm…. sí.

PAL: (clack clack clack clack… Las respuestas han tardado mucho en llegar y las luces han sido apagadas) Uy, perdón. A ver…

C1: ¡Luces!

C2: ¡Joder!

PAL: ¡Ya va, un momento! (clack) Uy no… (clack clack) Tampoco…

C1: ¡Esa, esa!

C2: ¡Luces, por favor!

PAL: ¿Esta? (clack clack) A ver…

C1: ¡¡Ahora la has vuelto a apagar!!

PAL: ¿Así?

C1: (sale del despacho hecho una furia)

C2: (llora sobre su mesa, a oscuras)

PAL: ¿No está encendida? (se encoge de hombros)

C1: (clack) Esta. (mirada asesina)

PAL: Si ya le di. Hasta mañana…

C1: (suspira y entra en su despacho mientras los tubos fluorescentes chisporrotean por tercera vez)

C2: (todavía a oscuras) ¡Luces, por favor!

Parece gracioso, pero no lo es. Si la actitud anterior de la persona apaga-luces era destructiva para la concentración, esta nueva modalidad dialogante (además de lumínica) es, como podrás imaginarte, mucho más nociva. No solo te interrumpe, sino que, además, te saca de tu flujo con sobresalto, te obliga a responder de inmediato y, a menudo, apaga tu luz de todas maneras.

A veces, cuando la persona apaga-luces me interrumpe en medio de un pensamiento profundo, estoy tentado de preparar un cartelito que ponga “Luces de César. No Tocar.” y pegarlo junto a mi interruptor. Creo que un día lo haré.

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